El azar y la suerte

Durante la mayor parte de la historia, los colorantes se derivaron solo de materiales naturales como plantas, minerales e invertebrados, ofreciendo a las personas una gama estrecha de colores entre los que elegir. Solo los ricos podían darse el lujo de vestirse con tonalidades más exóticas. Esto cambió en Londres, en la primavera de 1856, cuando un estudiante universitario llamado William Henry Perkin estaba experimentando con anilina, un compuesto que extrajo del alquitrán de hulla, en un intento de sintetizar quinina, una droga antipalúdica que entonces era muy solicitada entre los habitantes del Imperio Británico con posesiones ecuatoriales. El experimento fracasó, pero se topó con un precipitado sólido negruzco, un desastre bastante común para quienes trabajan en estos menesteres. Intentando limpiar, Perkin se dio cuenta de que el alcohol disolvía parte de aquel material, y lo transformaba en una sustancia de tonalidad púrpura. Así nació el  color malva o Mauve. El resultado inesperado para Perkin cambió su vida, decidió patentar y comercializar el tinte llamándolo como ‘púrpura de anilina’, el primer colorante sintético. Muchos químicos le están agradecidos, pues Perkin fue uno de los primeros en demostrar el potencial comercial de las aplicaciones de esta ciencia. Para festejar el logro en 1862, la reina Victoria de Inglaterra se presentó en un acto público con una larga prenda malva, teñida con el colorante de Perkin.

 

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